lunes, 20 de diciembre de 2010

Recital poético ALAS

Proyecto creativo de Ignacio del Valle con la colaboración del Espacio Cultural Larios Centro de Málaga.
videoTuvo lugar desde el 15 al 20 de noviembre 2010 culminando los actos culturales con un recital poético en directo de las 17 poetas del grupo ALAS. Se repartieron mil poemarios diseñados por Ignacio del Valle y se escucharon los poemas con la voz de Adelfa Calvo por la megafonía de Larios Centro durante la semana.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Homenaje a Miguel Hernández


Recital homenaje a Miguel Hernández, poeta y dramaturgo del siglo XX, organizado por ALAS.
Rosa recitó un poema suyo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

AUSENCIAS

III
Parece que aún resuene entre las piedras roncas
tu voz de contrabajo.
Parece como si manase entre las acacias
todavía
tu agua de diciembre,
el aroma de tus frutos,
el revuelo de tu regreso tornadizo
y el eco de tu último diálogo.
Pero el vacío acecha en cada esquina
y borbotea la lluvia sobre los charcos
medrosos
que la luz tornasola.

miércoles, 9 de junio de 2010

nº 22 VERSOS con VERSOS y prosas

LISBOA

No es sólo luz y río
ocre y verde
agua, ese armónico misterio...
Es el lugar donde te marchas
cada vez que te quedas ausente.
Centro de un sueño tejido
al cobijo de la luna.
Desorden de ciudad abierta.
Abrazo de la tierra y las aguas
bajo un cielo herido de amarillos.

sábado, 2 de enero de 2010

LA ÚLTIMA VOLUNTAD DE TIA AGUEDA

Primer premio del VII concurso de relato breve del
Centro de día Málaga-Trinidad




LA ULTIMA VOLUNTAD DE TIA AGUEDA

Como cuchilla de silencio se adentra en el mar El Cachalote. Quietud en cubierta y un ronquido el respirar monótono del barco, orgullo de su dueño, juguete de marinero de mar afuera; velocidad quince nudos, ligera brisa de babor. La tarde colorada se hunde por el horizonte y la tía Remedios aferra la urna que contiene las cenizas de su hermana muerta como si pensara que algún soplo marino se la puede arrebatar.
Vamos callados, la quilla de El Cachalote separando las aguas con elegancia, Jorge en íntima comunión con su barco. Jorge ama a su barco más que a nada en el mundo. Más que a nadie. La tía Remedios abrazada a un pasado muerto. Intento no tiritar. Los atardeceres siempre me parecen bellos. Los atardeceres en el mar me parecen gloriosos. A pesar del frío.
Morirse en enero es propio de personas mayores. Desear que sus cenizas sean entregadas al mar no es propio de mujeres como la tía Águeda. Nunca le gustó el mar. Nunca se mojó un pie, ni se acercó a orilla alguna. Ni tan sólo un dedo se le volvió salobre alguna vez. Misterios de la mente humana que haya quien no humedece su piel en vida y pide que ensopen sus cenizas. Paradojas. La tía Águeda era, en sí misma, una paradoja. Inútil intentar razonar con ella. Cuando se sintió acorralada, puso en juego un argumento que convenció a su hermana: el ahorro del entierro. Punto flaco de la tía Remedios el ahorro y la tía Águeda lo sabía. Por eso aquí estamos los dos sobrinos y la tía Remedios, la hermana superviviente, ante el estupor de las gaviotas que graznan, llegado el instante supremo de dar cumplimiento a la última voluntad de la tía Águeda. Hasta después de muerta nos siguen martilleando sus voluntades.
La pobre tía Remedios siempre ha sido una flor sin brillo, un silencio cauto, el objeto de las afiladas críticas de la tía Ágata. Ahora no sabe que ha entrado en la nada. La nada de los días iguales, porque ya no volverá a escuchar voces ni recomendaciones. Y lleva las cenizas como algo valioso o algo tan frágil que cualquier roce puede quebrar. Tan dispuesta a cumplir…
El momento se acerca. Por el horizonte ha resbalado la tarde colorada y el mar destella reflejos de acero. Jorge ha parado el motor y El Cachalote se mece como cáscara de naranja.
-Creo que este es un buen lugar. Hemos de darnos prisa. La mar se está poniendo picada. Empieza a soplar el Poniente.
No me da tiempo a pensar en cómo se hacen estas cosas, ni a tratar de improvisar un discurso de circunstancias, ni a Jorge e echar el ancla La tía Remedios, con un frunce de determinación en los labios, arroja la urna funeraria por la borda.
Todo resuena cuando se hace el silencio y se prenden las miradas de Jorge y la mía estupefactas. Todo está en el fondo del aire; el límite de las cosas, el viento que nos llega del Oeste; la luna que se descuelga de pronto, no se sabe desde qué cielo vino a parar sobre nosotros, a iluminar nuestro desconcierto y la beatitud de la tía Remedios diciendo adiós con el pañuelo.
En los ojos de Jorge apuntan risueñas estrellas y se lleva un dedo a los labios. “Déjalo estar”, me dice sin palabras. Yo ahogo un temblor de carcajadas en la garganta. Me esfuerzo por permanecer seria y miro al mar, ahora bituminoso. Las cenizas de tía Águeda se quedarán allí prisioneras para siempre dentro de la urna funeraria que flota a la deriva. Tampoco después de muerta tocará las aguas. Su espíritu, furioso, al no poder gritarle una vez más a su hermana “¡eres una inútil!” sopla en mis oídos y me ensordece ¿O es el viento que arrecia?.
-Nos vamos. Esto va a peor.
La voz de Jorge suena apagada y El Cachalote se balancea tanto que la tía Remedios se agarra a mi brazo. Está asustada. ¿Le soplará también el espíritu furioso de su hermana en los oídos?.
La orilla se ha encendido de luces que se me antojan muy lejanas. Un polvillo salobre me estalla en el rostro y humedece mi pelo. Cada vez hace más frío.
-¡Maldita sea!.
Es la voz de Jorge. De súbito comprendo que la tía Águeda no puede desentenderse de sí misma aunque ya no esté en este mundo y un amargo sabor se me viene a la boca.
-¿Qué pasa?.
-El motor no arranca.
-Tranquilízate, por favor. Y prueba otra vez.
Jorge reniega en todos los tonos mientras yo pienso en cataclismos y en altas y negras noches, aunque ésta no puede ser más clara, el cono de luz de la luna sobre nuestras cabezas, la urna funeraria bien a la vista, testigo implacable de nuestras torpezas.
-Es inútil. No quiere arrancar. Voy abajo. Avisaré por radio.
-¿Qué pasa? ¿No se va a hundir?
La meliflua voz de la tía Remedios me parte el corazón. Está desolada. Le vuelve el peso que creyó haber arrojado por la borda y mira hacia la zarandeada urna con ojos desorbitados.
-No, tía. Flotará para siempre.
-¡Oh!
-Vamos abajo hasta que vengan a remolcarnos. Anda. Así no nos mojaremos. Intento tranquilizarla.
El Cachalote, a merced del fuerte viento, da vueltas alrededor de la vasija que emerge desafiante a cada golpe de mar. Abajo aún se acusa más el movimiento, todas las cuadernas gimiendo. La tía Remedios me salpica con su vómito y hay que volver a subir a cubierta. La bóveda celeste gira sobre nuestras cabezas. El Cachalote suelto, enloquecido porque algo se le rompió por dentro, no para de bordear la extraña boya en que se ha convertido la última morada de la tía Águeda. La caprichosa luna lo ilumina todo.
-¡No quiero verla!.
La tía Remedios lloriquea aferrada a la borda. Inútil cambiar de babor a estribor, de proa a popa, porque con cada bandazo la urna resurge desafiando todos los cálculos para que no olvidemos que sigue allí. Me parece escuchar entre el bramido cada vez más furioso del mar un clamor nuevo: la voz de las cenizas de la tía Águeda exigiendo ser derramadas. Debe ser que empiezo a delirar.
Una luz potente nos enfila. Vienen a rescatarnos y se rompe, al fin, el sortilegio de esta noche rara, de esta luna grande, olvidada ya la extinta tía Águeda, para siempre prisionera en su vasija funeraria, a merced de los días y las noches, bajo un cielo continuo y sin un epitafio que reproduzca su nombre. Me vuelvo a mirar y sólo veo espuma. El Cachalote es arrastrado. Avanza cabeceando, velocidad aproximada diez nudos, fuerte viento de estribor. La noche reluce como una joya sobre negro terciopelo.

Rosa Ruiz Gisbert
Málaga, Noviembre 2009

ROSA RUIZ GISBERT. BREVE NOTA BIOGRÁFICA

Rosa Ruiz Gisbert es Graduada Social, con dos cursos de Abogacía. Tiene publicada numerosa poesía en colectivo y en solitario, cuadernillos editados en la imprenta Dardo (antigua imprenta Sur), al cuidado de Ángel Caffarena, los hermanos Andrade y Rafael Inglada, así como relatos. Es cofundadora de la Asociación Alas. Se le concedieron varios premios, tanto de poesía como de relato, entre otros un accésit del Premio Relosillas. Tiene varios relatos en prensa y en colectivo con la Asociación Alas. Figura en el diccionario de autores y obras Corona del Sur 1965-2000. Colabora en la Revista Cultural y Científica “Isla de Arriarán”.
“El hechizo de Lucy” es la primera de sus novelas que se edita.

El HECHIZO DE LUCY, por Rosa Ruiz Gisbert